El fitness está lleno de cosas que repetimos como si fueran verdad.
En El Chisme del Fitness las pongo bajo la lupa.
Soy Andie Illanes y en cada episodio investigo los mitos, tendencias y preguntas que están haciendo ruido en el mundo del fitness: entrenamiento, pérdida de grasa, músculo, nutrición, suplementos, medicamentos, recuperación y todo eso que viste en TikTok y ahora necesitas saber si tiene sentido.
Pero aquí no me interesa quedarme en “mito o verdad”.
Quiero entender qué dice realmente la evidencia, por qué pasa, cuándo importa y qué puedes hacer tú con esa información en la vida real.
Ciencia del fitness explicada sin complicarla, sin absolutismos y con el chisme necesario.
Porque saber que algo funciona está bien. Entender por qué funciona es mucho mejor.
Reconstruimos cómo “entrenamiento funcional” pasó de ser una idea clínica enfocada en recuperar vida diaria a convertirse en una estética de gimnasio basada en objetos y poses. Aterrizamos una definición más útil: la funcionalidad se mide por la transferencia hacia un objetivo específico y cambia según la persona. • origen del término en fisioterapia en 1946 y su sentido de independencia fuera del consultorio • fuerza y resistencia progresiva como vía directa para mejorar función sin “verse” funcional • estudio de 1973 y la pista clave: la función vive en el resultado, no en la herramienta • convergencia de rehabilitación, deporte y gimnasio con Gary Gray, Vern Gambetta, Paul Chek y Juan Carlos Santana • historia real de la pelota “suiza”, BOSU y kettlebell y cómo se vuelven símbolos por contexto y narrativa • auge del core y la estabilidad, más sus matices con la evidencia moderna • transferencia como criterio central y la idea de “perilla” en lugar de “interruptor” • cierre práctico: preguntar “¿funcional para qué?” antes de juzgar un ejercicio Espero que esta historia sobre el entrenamiento funcional te haya servido, te haya sido valga la pena y escriben comentarios de qué otros entrenamientos o qué otros conceptos, metodologías quisiera saber para poder hacer toda la historia gráfica de esta gran ciencia.
El entrenamiento funcional tiene un problema. Todos queremos saber cómo se ve, pero nadie termina de ponerse de acuerdo sobre qué significa. Para algunos son kettlebells, ligas y superficies inestables y para otros son movimientos que te preparan para la vida. Para otros tantos, casi cualquier ejercicio puede ser funcional. Pero aquí está lo interesante. No es que unos sepan y otros no. Es que esta palabra lleva casi 80 años cambiando de significado. Cada etapa de la industria se quedó con una parte distinta de la historia hasta que terminamos reconociendo lo funcional por cómo se ve a aunque no siempre sepamos explicar qué lo hace funcional. Hoy
vamos a reconstruir esa historia desde el principio y el principio no está en un gimnasio. Uno de los primeros registros que podemos rastrear aparece aquí, en 1946, dentro de una revista de fisioterapia de Estados Unidos. Una fisioterapeuta llamada Rebecca Magnis publicó un artículo titulado A Functional Training Center, un centro de entrenamiento funcional. Y fíjate en el detalle, no está presentando una nueva clase Una certificación y una lista de ejercicios. Está hablando desde el mundo de la rehabilitación. Ahí, función significaba recuperar capacidades que importaban fuera del consultor. Desplazarse, levantarse, usar el cuerpo con más independencia y volver a participar en la vida diaria. Esto ocurre décadas antes del BOSU y antes del TRX. Mucho antes de que una kettlebell colgada en la pared se convirtiera en el letrero no oficial de aquí hacemos funcional. La palabra ya existía, solo que todavía no pertenecía al gimnasio. De hecho, vivía aquí. en un consultorio. Pero una cosa es la palabra y otra la idea. La palabra parece documentada en 1946. La idea de entrenar el cuerpo para resolver algo fuera del entrenamiento es bastante más antigua. Así que ahora tenemos que rebobinar casi 60 años. Hay quien lleve esta historia hasta los griegos, pero ahí ya empieza a mezclarse los hechos con el mito. Donde sí podemos pisar firme es a finales del siglo XIX. Estamos en el gimnasio de la Universidad de Harvard. Ahí un profesor llamado Dudley Sargent diseñaba máquinas Sí. El gesto del leñador, que hoy hacemos en una polea o con una mancuerna, tiene más de 100 años rodando los gimnasios. Solo que entonces no se llamaba funcional. Era parte de una idea más amplia. Preparar el cuerpo mediante movimientos reconocibles. Y aquí aparece el primer giro raro de esta historia. Uno de los antepasados de los que hoy llamaríamos movimiento funcional nació dentro de una máquina. Acuérdate eso. porque más adelante muchas corrientes van a empezar a tratar las máquinas como si fueran justamente lo contrario de funcionales. Durante buena parte de la primera mitad del siglo XX, en muchos contextos de rehabilitación, todavía se miraba con cautel el trabajo con cargas pesadas. Existía el miedo de que exigir demasiado a un cuerpo lesionado pudiera empeorar. Hasta que a mediados de los años 40, el médico Thomas Delorme empezó a utilizar resistencia progresiva con soldados que necesitaban recuperar fuerza después de una lesión. Para 1948, su método ya incluía tres series de 10 repeticiones con cargas cada vez mayores. Ese 3x10, que hoy parece lo más normal del mundo, en ese contexto era una idea un poco, digamos, atrevida. Y funcionó. Personas que necesitaban recuperar su vida diaria mejoraron cargando peso. Esta es una de las primeras grandes pistas del video. Mejorar la función no exige que el ejercicio se vea complicado, inestable o parecido a una actividad cotidiana. A veces, hacerte más fuerte cambia de lo que eres capaz de hacer. Y en 1973 apareció una comparación que vuelve esta historia todavía un poco más interesante. Un estudio con 77 pacientes con hemiplegia comparó tres enfoques ejercicio activo, ejercicio con resistencia y práctica directa de actividades de la vida diaria. A esa última categoría la llamaron tal cual entrenamiento funcional. Pero el resultado rompió la división tan bonita entre entrenar músculos y entrenar para la vida. Después del primer mes, más pacientes del grupo de resistencia lograron mejoras importantes en actividades diarias que en los otros dos grupos. ¿Ves lo que empieza a parecer? La función nunca estuvo guardada dentro de una herramienta. Estaba en la relación entre lo que entrenabas y lo que después eras capaz de hacer. Entonces, si la palabra venía de la rehabilitación y la fuerza también podía mejorar la vida diaria, ¿cómo terminamos asociando funcional con pelotas, ligas, kettlebells y pisos que se mueven?
Para entenderlo tenemos que seguir a varios personajes. Y te adelanto algo, ninguno inventó el entrenamiento funcional por sí solo. Primer personaje, Gary Gray, fisioterapeuta de Michigan. A él suelen llamarlo el padre de la función. Desarrolló lo que llamó ciencia funcional aplicada y trabajó con atletas de élite, incluidos nombres como Michael Jordan y Kobe Bryant. El segundo personaje es Vern Gambetta, coach de atletismo, y a él también suelen presentarlo como uno de los padres del entrenamiento deportivo. Sí, ya tenemos dos papás para la misma criatura y todavía nos faltan otros personajes. Gambetta venía de la preparación deportiva, dirigió la preparación física, de hecho, de los Chicago White Sox y formó parte del equipo de acondicionamiento de la selección de fútbol de Estados Unidos para el Mundial de 1998. El tercer personaje es Paul Cech. Durante los 90 se convirtió en uno de las caras más visibles del entrenamiento sobre pelotas suizas y llevó ese lenguaje de estabilidad desde la rehabilitación hacia la preparación de alto rendimiento, incluso alrededor de equipos como los Chicago Bulls. Y cuando una herramienta que venía de terapia aparece Y tenemos un cuarto personaje. Él es Juan Carlos Santana. Abrió su instituto en Florida y puso las dos palabras directamente en la portada de un libro. Functional Training. Como quien clava una bandera en un territorio que todavía nadie había terminado de delimitar. Hasta de cuenta Cristóbal Colón. La clínica, la pista, la duela y el gimnasio. Cuatro mundos distintos usando la misma palabra para resolver el problema. resolver problemas diferentes. Por eso no hay un inventor único, tampoco hubo una conspiración para cambiar el significado. Lo que hubo fue una convergencia. Cada persona miró la función desde el problema que tenía enfrente y cuando todas esas versiones llegaron al gimnasio comercial, pues la palabra necesitó algo que pudiera verse. Ahora sí viene la parte más sabrosa, los cierros, porque casi todos los objetos que hoy reconocemos como funcionales traen una historia de otro lugar. Empecemos con la pelota suiza, que para empezar no es suiza, fue fabricada en Italia por Aquilino Cosani a principios de los años 60 y se conocía como pelota Pesci. Tampoco nació como símbolo del fitness funcional. Primero estuvo vinculada con la gimnasia y después encontró aplicaciones dentro de la fisioterapia europea. ¿Y por qué terminó llamándose Suiza? Pues porque fisioterapeutas de Suiza ayudaron a desarrollar y popularizar muchos de sus usos clínicos. El objeto era italiano, pero la fama viajó con pasaporte suizo. El Bosu también nació de un problema muy concreto. Su creador, David David Weck cuenta que empezó a experimentar con una pelota de estabilidad mientras buscaba aliviar un dolor de espalda que llevaba meses acompañándolo. Después de varias caídas, pensó, ¿y si corto la pelota por la mitad? Así apareció el prototipo y también el nombre original, Both Sides Up. Las dos o los dos lados hacia arriba. La Kerobe tiene una historia todavía más larga. La pesa rusa llevaba siglos formando parte de la cultura física rusa, mucho antes de aparecer en centros fitness, estudios boutique y etcétera. Pero recibió una nueva ola de popularidad en Occidente alrededor del cambio de milenio, impulsada en buena parte por este Pavel y la publicación The Russian Kettlebell Challenge 2001. Y de pronto los swings estaban en todas partes. No porque la kettlebell acabara de inventarse, sino porque acababa de encontrar un nuevo contexto, una nueva narrativa y una nueva audiencia. Eso es lo importante. Ninguno de estos objetos nació con una propiedad llamada funcionalidad. La pelota y el y la kettlebell fueron adoptados para resolver tareas distintas. Pero al juntarlos dentro de un gimnasio, la palabra empezó a llenarse de una estética propia. Solo faltaba una pieza para completar la imagen, el core. A finales de los 90 creció muchísimo el interés por la estabilidad del tronco. Se investigaban los músculos profundos, el control motor y su posible relación con el dolor de espalda. Ideas que venían de contextos clínicos empezaron a viajar hacia el entrenamiento general. Para principios de los 2000, grandes sistemas de certificación ya habían incorporado fases completas de estabilización. Lo que antes se utilizaba con ciertas personas y objetivos empezó a recomendarse de manera mucho más amplia, lo cual la verdad es que está súper bien. Y así se armó la postal perfecta. Alguien parado en una pierna sobre una superficie inestable, sosteniendo una manguerna por encima de la cabeza. Esta imagen nos ayuda a entender el gran cambio de la historia.
Poco a poco, Funcional dejó de describir solamente un propósito y empezó a describir una apariencia. Imagínate que una revista le pide a un coach una fotografía. Muéstranos un ejercicio funcional. En el momento de tomar la foto aparece el problema. Una cámara no puede retratar el proceso de evaluar a una persona, entender su objetivo y elegir una progresión. Necesita una pose. Selecciono cada ejercicio según lo que esta persona necesita mejorar. Esa es una gran explicación, pero es una foto terrible. No hay nada específico que mirar. En cambio, colocar a alguien sobre un bosu con un TRX atrás y dejar una caro dedo en el piso plano, pues ya no necesita explicar absolutamente nada. La imagen sola comunica entrenamiento funcional. Una intención no se puede fotografiar, un objeto sí. Y para efectos de comunicación, pues evidentemente ganó el objeto. No porque los coaches dejaron de pensar ni porque alguien decidiera engañar a la gente. Fue un atajo visual. El problema es que repetimos tanto el atajo que terminamos confundiéndolo con la definición. Antes la pregunta era, ¿funcional para qué? Después empezamos a preguntar, ¿cuáles son los ejercicios funcionales? La palabra dejó de describir una relación entre entrenamiento y resultado y se convirtió en una categoría. Zona funcional, equipo funcional, clase funcional, certificación funcional. Por eso hoy vemos una kettlebell y pensamos funcional. Vemos una máquina de extensión de rodilla y pensamos eso no es funcional. Aunque todavía no sepamos quién va a entrenar, qué necesita, cuál es su objetivo ni por qué ese ejercicio aparece en su programa. Pruébalo con un martillo. Un martillo es funcional. Depende. Para clavar es perfecto. Para atornillar es bastante malo. Para cortar una tabla es terrible. El martillo no cambió, cambió el trabajo. Con los ejercicios pasa exactamente lo mismo. Una que no trae de fábrica un certificado que diga 100% funcional. Es una herramienta y puede ser la elección perfecta, una opción aceptable o una distracción completa. Depende de lo que estés intentando conseguir. Porque una herramienta puede ayudarte a llegar, pero no decide a dónde vas. Para cruzar el océano, una bicicleta tiene un grave problema. Para ir a la esquina, un avión es ridículo. Elegir el vehículo antes de conocer el destino no tiene sentido. Y discutir cuál ejercicio es más funcional sin conocer el objetivo, pues se parece muchísimo a la misma. esa metáfora que te acabo de explicar. Ojo, eso tampoco significa que todo ejercicio deba copiar literalmente la actividad final. Entrenar para subir escaleras no obliga a pasar todo el día o toda la sesión subiendo escaleras. Puedes mejorar la fuerza, la potencia, equilibrio o capacidad cardiovascular y después usar esas adaptaciones en la tarea que realmente importa.
La palabra que amarra todo es transferencia. Que algo de lo que mejoraste entrenando aparezca cuando realmente lo necesitas. Entrenas a una persona para que pueda levantarse sola y Y lo consigue. Entrenas a un atleta para saltar más alto y salta más alto. Entrenas fuerza en una corredora y esa fuerza le ayuda a tolerar mejor las demandas para correr. Eso es transferencia. En cambio, un ejercicio espectacular con tres implementos y una pierna en el aire que no mejora nada de lo que querías cambiar sigue siendo espectacular, pero no necesariamente útil para ese objetivo. Por eso el error más común es imaginar que cada ejercicio trae un interruptor adentro que dice funcional o no funcional. Prendido o apartado. vagado. Tiene mucho más sentido imaginar una perilla. La funcionalidad puede subir o bajar según la persona, la tarea y el objetivo. El mismo ejercicio puede tener muchísimo sentido para alguien y muy poco para otra persona. Lo que necesita un adulto mayor, por ejemplo, que quiere levantarse sin ayuda no es idéntico a lo que necesita una corredora o corredor que está peleando por bajar su tiempo y ninguno está haciendo trampas. Simplemente persiguen funciones distintas. Ya entrados los 2000, CrossFit llevó esta conversación a otro lugar con una idea muy poderosa preparar el cuerpo incluso para aquello que no puedes anticipar no especializarte en una sola cosa sino ampliar las cosas o tareas que eres capaz de resolver. Pero eso tampoco empezó desde cero. Se sumó a una conversación que ya llevaba décadas ocurriendo entre la rehabilitación, el deporte y el gimnasio y le dio una nueva forma para una nueva generación. Y mientras el entrenamiento funcional crecía, pues algunas de sus ideas también comenzaron a revisarse. En 2010, por ejemplo, un artículo cuestionó varias de las certezas que se habían construido alrededor de la estabilidad del core y del dolor de espalda. Eso no significa que entrenar el core no sirva ni que todo lo anterior estuviera mal. Significa que, Conforme avanzó la evidencia, entendimos que una idea útil en cierto contexto no se convierte automáticamente en una regla para todas las personas. Hasta que en 2025, o sea, hace ayer, un panel internacional de expertos llegó a una conclusión que resume toda esta historia. Funcional no es una caja en la que un ejercicio entra o no entra. Tiene más sentido hablar de grados de funcionalidad según qué tan cerca esté el entrenamiento de las necesidades, características y objetivos de una persona. Y más de nueve de cada diez expertos señalaron algo todavía más incómodo. El concepto se parece tanto a lo que debería de ser un buen entrenamiento que, utilizado como etiqueta general, puede terminar diciendo muy poco. Y eso no significa que una clase con BOSU, TRX, Kettlebells o ligas no tenga sentido. Puede ser una gran clase. Solo significa que su valor no depende de que parezca funcional, sino de que esté diseñada para conseguirlo. Porque un ejercicio es una herramienta y un programa es una ruta. Primero defines qué quieres mejorar y después eliges cómo conseguirlo. Así que la próxima vez que alguien te muestra un ejercicio y te pregunte si es funcional, no necesitas responder inmediatamente sí o no. Primero necesitas saber para quién es, qué busca mejorar, por qué se eligió y qué esperamos que este entrenamiento cambie. Porque funcional nunca fue una apariencia, siempre fue la relación entre lo que entrenas y lo que quieres lograr. Entonces la pregunta es, ¿funcional para qué? Espero que esta historia sobre el entrenamiento funcional te haya servido, te haya sido valga la pena y escriben comentarios de qué otros entrenamientos o qué otros conceptos, metodologías quisiera saber para poder hacer toda la historia gráfica de esta gran ciencia.